Las historias de princesas comienzan con un “Erase una vez…” o “Once upon a time…”. Yo sigo recordando como si fuera hoy la historia de una en particular: Diana Spencer.
Voz en off: “Acá vamos de nuevo…”
Sí, acá vamos de nuevo: ¿dónde estabas cuando murió la princesa del pueblo?
Lady Di murió en París el 31 de Agosto de 1997, a los 36 años en un accidente automovilístico. Yo tenía 13 años en ese entonces y me desperté, vi la tele y aún recuerdo cómo se me partió el corazón. Un póster muy grande enmarcaba mi cabecera de la cama pegado en la pared. Todavía, aún a esa edad, podés creer en princesas. Pero esto no se trataba de creer o no. Ella lo era realmente. En carne y hueso, con una mirada dulce, su pueblo la adoraba por su cercanía y empatía.
Luchadora de causas admirables, y expuesta a situaciones que no tenía la necesidad de apadrinar, sino que lo hacía por convencimiento. Ser princesa es un trabajo. Sí, yo también lo escribo y digo en voz alta: “¡eso es porque no hace lo que hago yo!”. Pero bueno, en su status social y su posición, lo era. Asimismo, algo que caracterizaba su trabajo es que no se limitaba a donar dinero: muchas veces visitaba personalmente hospitales, refugios y proyectos, y utilizaba su enorme exposición pública para llamar la atención sobre problemas que en aquella época estaban muy estigmatizados, como el VIH/sida y la falta de vivienda.
En su último año de vida viajó a Angola, donde recorrió zonas afectadas por minas terrestres y se reunió con personas que habían resultado heridas. Su presencia ayudó a llevar el problema a la atención de la opinión pública internacional. Ese mismo año continuó la campaña en Londres y Washington y, poco antes de morir, visitó proyectos de desminado en Bosnia. Angola llevaba décadas en conflicto. La guerra civil había comenzado después de la independencia de Portugal en 1975 y si bien, en 1994 se había firmado el Protocolo de Lusaka, que buscaba poner fin al conflicto, persistían las tensiones militares y existía el riesgo de que la guerra volviera a estallar. Durante los años de guerra se habían colocado enormes cantidades de minas terrestres. No distinguían entre soldados y civiles y podían permanecer enterradas durante años. A fines de 1997, Naciones Unidas estimaba que había entre 2.000 y 2.500 campos minados, de los cuales unos 1.800 ya habían sido identificados. Lo interesante es que Diana no llegó ahí para hablar del tema, ella se metió en el tema. Caminó por un campo minado en Luena, utilizando casco y chaleco protector, acompañada por especialistas en desminado. Después visitó un centro ortopédico de la Cruz Roja y conoció a víctimas de las minas, entre ellas una joven que había perdido una pierna.
El Tratado de Ottawa fue adoptado en Septiembre de 1997, pocos meses después de la visita de la princesa y lo más importante de todo es que este tratado prohibió el uso de las minas antipersonales. Su campaña no fue la única causa de ese tratado —había un movimiento internacional de organizaciones humanitarias trabajando desde hacía años—, pero su intervención ayudó a llevar el tema a una audiencia mundial.
Por supuesto, con el paso de los años, su muerte tomó más trascendencia que su vida. Aún hoy, su propia familia es, muchas veces, quien expone en libros, películas y/o rumores nuevos extractos de sus dichos o de su vida.¿Fue un accidente? ¿O fue a propósito? ¿Fue la familia Real? ¿Fueron terroristas? ¿Estaba embarazada? ¿Odiaba a la Monarquía? Existen mil preguntas pero la principal protagonista no está para responderlas, por lo que ahondar en el morbo no es necesariamente lógico.
Cuando pude caminar cerca del Puente del Alma, en París, recuerdo que me pregunté varias veces si era posible lo que los medios decían de su accidente. Pero también recuerdo sonreírme y decirme: “No sos perito forense Vir, todo puede ser posible”.
Con los años entendí que quizás había una pregunta mucho más interesante que todas aquellas teorías. No dónde estaba Diana cuando murió. Sino dónde está Diana hoy.
Porque algunas personas dejan de estar físicamente, pero permanecen de otras maneras. En una fotografía. En una generación que creció viéndola en las tapas de las revistas. En quienes todavía recuerdan dónde estaban cuando se enteraron de su muerte. En las causas que eligieron abrazar. En las personas que conocieron gracias a que alguien decidió mirar hacia ellas.
Diana no inventó la lucha contra las minas antipersonales, ni terminó con el VIH, ni solucionó la falta de vivienda. Tampoco podía hacerlo. Pero tenía algo que muy pocas personas poseen: una enorme capacidad para conseguir que el mundo mirara hacia donde ella estaba mirando. Y quizás ahí esté una parte de su legado. No en la princesa. En la persona. En aquella mujer que podía haber optado por mantener una distancia prudente de algunos de los problemas más dolorosos de su tiempo y, sin embargo, decidió acercarse.
A veces pienso que eso es lo que tienen en común algunas de las historias que más nos marcaron. La caída de un muro. El derrumbe de dos torres. La muerte de una princesa. Momentos completamente diferentes, separados por años y por circunstancias que nada tienen que ver entre sí, pero que comparten algo: hubo un instante en el que el mundo cambió y millones de personas pueden decir exactamente dónde estaban cuando sucedió. Quizás por eso seguimos preguntándonos dónde estábamos. Porque recordar no es solamente volver al pasado.
Yo tenía 13 años cuando vi en la televisión que Diana había muerto. Y todavía puedo recordar la sensación. Quizás eso sea, al final, lo que queda de algunas personas. No solamente la forma en que murieron. Sino la huella que dejaron mientras estuvieron vivas.
Crédito: Tim Graham
Virginia Calarco. Periodista.