Verdadera Vid o Alegoría del Antiguo y Nuevo Testamento Óleo s/tela. Cusco, primera mitad del siglo XVIII. Donación Carlos Galo Llorente
Un Cristo crucificado, envuelto por pámpanos, zarcillos y racimos de uva, evoca la preciosa sangre de Jesús y la Consagración del vino en el santo sacrificio de la Misa. Sin embargo, en esta obra su sentido se torna más complejo debido a las dos figuras que, por debajo de la cruz, transportan un gran racimo de uvas. Esta segunda escena ilustra un pasaje del Antiguo Testamento, conocido como "Los exploradores o espías de Moisés", en donde los enviados por Yahveh a Canaán tuvieron como misión inspeccionar la Tierra Prometida antes de la entrada del Pueblo de Israel.
Como prueba de su exploración “cortaron allí un sarmiento con un racimo de uva, que transportaron con una pértiga entre dos, y también granadas e higos” (Nm. 13: 23-24). El que va en primer lugar es Josué quien, para san Agustín, representa al Antiguo Testamento y al pueblo hebreo que no supo reconocer la preciada carga, la "Verdadera Vid" que es Cristo.
Josué se halla caracterizado por el uso de un sombrero en punta con las alas levantadas o judenhut, impuesto a los judíos de Europa por el Concilio de Viena de 1267. El segundo explorador es Caaleb, quien mira de frente al Crucificado como personificación del Nuevo Testamento y de los fieles cristianos.
Si bien la visión sobre los israelitas en la pintura es estigmatizadora, su valor radica en que se trata de uno de los pocos registros plásticos en el arte colonial hispanoamericano en el que se da identidad al Pueblo Elegido.